Sunday, November 24, 2013

Lo puedo sentir. Te puedo sentir, deslizándote lentamente lejos, cada vez más lejos de mí. Y no es que una brisa extraña haya llegado sin anunciarse para llevarte lejos, no es inadvertido ni impredecible. Te veo como me he visto a mí misma y sé que falta poco. Poco a poco te das cuenta de quién soy realmente. Una engreída, egoísta, arrogante, intolerante, necia. Una niña malcriada. Y en fin. Es por esto que corro y no me dejo alcanzar, por esto que he aprendido a construir una carátula impenetrable alrededor mío.
Quiero que sepas que eres el hombre más hermoso que he visto. Me gusta verte intentar mejorarte a ti mismo porque tienes un ideal de lo que una persona puede y debe ser. Yo por otro lado me he dado por vencida y no sólo acepto mis desagradables vicios de carácter sino que me regocijo en ellos. 
Hombre mío, quiero que sepas que te voy a extrañar. 
Quiero que sepas que contigo me quedaría. Parece extraño, viniendo de mí que no creo en esas cosas, pero desde el primer día y la primera vez que me besaste tuve la certidumbre. I just knew what I was never sure of with others. Contigo no lo dudé, es extraño, pero en ese momento me dije Con este hombre podría quedarme hasta exhalar el último aliento.
Y en fin. El fin.

Thursday, April 11, 2013

Flaco.

Ayer leía sobre el compromiso. Sobre comprometernos con lugares, con acciones, con creencias, con ideales, con la gente que nos rodea. Sobre la lealtad, y la fuerza que nace después de años de ésta. Ayer leía y pensaba en ti, y en la gente en mi vida que ha hecho una diferencia. La gente a la que me quiero mantener leal y comprometida a través de los años. Y pensé en ti. Y es evidente, Flaco, que no he podido lograr ese propósito. Desde el día en que te conocí hasta mi despedida, te fui leal. Tan honestamente como me fue posible y hasta el nivel más profundo al que puede llegar mi percepción, te fui fiel. Y es eso lo que terminó por obligarme a cortar el cordón umbilical que me unía a ti. Que Flaco, yo no puedo a medias, no podía. Me era imposible tener tu constante presencia azul silencio en mi vida y no serle fiel, lo entiendes? con cada fibra de mi cuerpo, con cada transparente pensamiento, con mis uñas y las plantas de mis pies y mi olor a mapa viejo y mis lagrimales secos y mi obsesiva metacognición; con las palabras que he escrito y las otras tantas que no he podido hablar, con mi tinta, con el océano mar de mi soledad. Te he sido fiel como a nadie más en mi vida. Y estaba cansada. Estoy cansada. No soporto tu existencia.  Y el tiempo, abstinencia y soledad recomendados por Sabines se revelan con nuevos tintes. Flaco, voy a abstenerme de ti hasta que pueda mirarte a los ojos con indiferencia. Hoy miro tu fotografía y en mi pecho retumba un sordo sonido de roca craquelada, como dos placas tectónicas que se separan raspando una superficie contra otra, dejando marcas que se podrán reconocer setescientos millones de años más tarde por aquellos que las sepan leer; mirar mi esqueleto en descomposición y decir "puedo ver en esta mujer los rasguños de un payaso triste, puedo leer en sus huesos las huellas de una sonrisa amarillenta que baliaba contra el negro del cielo; puedo adivinar en su espina dorsal el peso que cargó durante años, de un amor añejo y envenenado, que la encorvó sin remedio. Después de mi muerte, se podrá leer sobre mi cuerpo tu firma, y es un sentimiento desesperanzador, Flaco, saber que nunca me podré deshacer de ti.

Durante meses, he evitado tu imagen y tu recuerdo, el sonido de tu voz y tu memoria. Hoy miro tu fotografía. me obligo a explorar tu cara y enfrentar tus ojos de lobo estepario. Y me prometo que lo seguiré haciendo hasta que te vuelvas un extraño, hasta que el mural sobre tu piel no sea más que un garabato sin sentido, hasta que el calor incandescente de tu cuerpo pase a través de mí como una neblina ligera, hasta que seas primero una incomodidad y después, eventualmente, nada. Ni una brisa en este desierto perpetuo, ni un murmullo. Nada. Voy a mirar tu fotografía hasta que desaparezca, hasta que la luz de mis ojos se coma lentamente la tinta y comience a descolorarse, hasta que el papel se quiebre y se convierta en polvo, y te vayas lejos, cargado por el viento, a un lugar al que yo no pueda llegar. No quiero odiarte, Flaco, no te mereces eso. Tampoco quiero que el espacio que ocupas en mí se quede vacío, pues incluso un vacío es algo. No quiero nada de ti. Quiero que ese espacio desaparezca y no deje rastro, como si nunca hubiese existido, como si nunca hubieses nacido. Un día, en un futuro, seré capaz de escuchar tu nombre y no reconocerlo. Sus sílabas no penetrarán mi mente, pues no tendrán ningún significado para mí, como un lenguaje extraño. Se deslizarán sobre mi cráneo sin tocarlo, y finalmente seré impermeable a ti. No te quiero olvidar, Flaco, porque olvidar implica que hubo una memoria antes. Quiero eliminar hasta el primer paso, borrar el tiempo, exiliarte a un lugar irrecuperable, fuera de mí.

Quiero todo esto, Flaco, porque los dos no cabemos en el mismo mundo, en un mundo en el que no te puedo ser fiel. Y si no puedo serlo, entonces tendré que crear mi propio mundo, uno en el que nunca hayas existido.

Sunday, August 19, 2012

No puedo hacer esto, Carlos. No puedo continuar viviendo en una ciudad que te pertenece, con tu fantasma acechándome en cada paso, buscándote entre sombras, durmiendo con el humo de tu partida. Es demasiado cruel, este estar tan cerca tuyo, como en un cementerio, y no poderte ver. Hoy entendí por primera vez que tengo el corazón roto. Me tomó tiempo, verdad? Iba camino a comprar un libro de Arundhati Roy, sabiendo que es la hora a la que entras a trabajar, y deseando con una fiebre ciega que nos cruzáramos, como La Maga y Oliveira, sin buscarnos pero encontrándonos. Salí de la librería y caminé de regreso, sabiendo que con cada paso me alejaba un poco más de la posibilidad de verte. No nos encontramos. No nos encontraremos, Carlos, tú y yo, hasta que tú lo decidas. Me di cuenta esta mañana, cuando el peso de ese libro en las manos me impedía seguir andando, y me faltó la respiración y tuve que apoyarme contra el tronco de un árbol y acariciar desesperadamente su corteza para sentirme viva, para recordarme que sigo aquí, para obligarme a seguir adelante con tu ausencia a las esppaldas. Y me di cuenta de que quizá sea eso, de lo que habla la gente, cuando dice que se le ha roto el corazón. Es un estado de calmada agonía, de ir lentamente de un segundo al siguiente, haciendo acopio de cada fibra de autodeterminación de tu cuerpo, llamando fuerzas de rincones de tu ser para no desmoronarte a cada segundo. Me estoy opacando por dentro, Carlos, se me están terminando los colores, me seco como la orquídeas que ya no muestra sus pétalos al sol en mi habitación, porque no puedo tenerte. Me dueles en cada centímetro del cuerpo, perenne, profundamente. Y ahora veo que tener un corazón roto no es ninguna ilusión romántica de cuentos de hadas, sino un desgastamiento físico indescriptible que grita desde tus adentros, con las lágrimas a flor de piel en todo momento. Me estoy muriendo, Carlos, y hasta hoy, no lo había entendido.

Sunday, August 12, 2012


Me estoy muriendo por dentro, Carlos, de este esperar interminable. Me estoy volviendo loca de fatiga, de desilusión. Por qué tardas tanto, Carlos, qué estás esperando? Será que todo esto no existe más que en mi cabeza, y que tú realmente has seguido adelante, y no mirarás atrás, y nosotros somos sólo pasado, nada más que un recuerdo de ese amor adolescente del que hablabas, de ese amor químico del que hablaba yo. Quizás todo esto no sea más que un recurso mío, de mi intransigente y disfuncional mente, para no avanzar, para seguir anclada en un ideal imposible que no volverá, que probablemente nunca existió sino que es un invento mío, una más de mis historias para no perder la cordura. Quizás estoy esperando un tren que partió hace tiempo, y las vías de regreso a mí han sido desmanteladas, y esos vagones siguen su propia ruta, lejos, persiguiendo una utopía ajena a miles de horizontes de distancia de la mía. Pero tú lo dijiste, Carlos, tú me lo dijiste. Que la obviedad compartida en silencio entre nosotros dormirá hasta que llegue el momento de detonarla. Que es claro, en tu corazón y en tu mente, que un día nos volveremos a encontrar sobre ese edifico que aun no existe para continuar con esta historia nuestra que no debió haber terminado entonces, que no ha terminado todavía. Pero es ese el problema, lo ves, Carlos? Esa estructura desnuda, ese esqueleto de edificio no se ha materializado aun, no vive más que en nuestras mentes. Nuestro punto de encuentro es un abstracto que no tiene tiempo ni lugar, porque no ha llegado el tiempo, no hemos hallado el lugar. Y entonces sólo queda esperar, a que cada uno de nosotros vaya construyendo con los cimientos de su vida los fundamentos de ese edificio, hasta que estén lo suficientemente sólidos y anclados para poder andar sobre ellos, y subir finalmente escalón a escalón el camino que nos lleve allá arriba, desde donde podremos ver juntos la ciudad entera y sentirnos dueños de ella.
Carlos, duermo con un hombre que no amo, y no entiendo cómo puedes tú soportarlo. Lo respeto y admiro, le tengo cariño, pero no puedo evitar desear que no fuera su olor sino el tuyo el que duerme a mi lado en las noches, que no fuera su respirar sobre mi piel cada mañana, ni su voz en mi oído, ni sus manos entre las mías cuando hacemos el amor, ni su mirada que habla más de lo que él quiere decir, sino tú y todo lo que implica tenerte.. No quiero desperdiciar en él palabras que puedo decirte sólo a ti, que siempre han sido tuyas. Siento que te traiciono, Carlos, cuando lo hago. Así que pienso y me pregunto y concluyo que a Ximena la tienes que querer más de lo que quiero aceptar, porque tiene el corazón más limpio que el mío, y no puedo concebir que te permitas actuar de otro modo, que estés con ella sintiendo lo que yo siento con Ken, pensando estos pensamientos, esperando este futuro. Nadie merece eso, Carlos, ni Ken ni Ximena, y me gustaría pensar que no eres capaz de mentirle a ese grado, al grado que yo lo estoy haciendo, espero que la quieras y sigas a su lado hasta que dejes de hacerlo, pues prefiero eso a que vivas este dolor en el pecho y esta hipocresía que yo enfrento cuando beso unos labios que no son los tuyos, y dejo mi mano correr por su espalda dibujando en ella marcas que nacieron sobre tu piel y deben continuar en una caricia huérfana, que te busca en vano y se clava en mares ajenos, y naufraga sin ti y me lleva entre sus mareas y es que Carlos, cómo puedes soportar esta espera, de dónde sacas la fuerza, la integridad, la determinación de hacerlo, me lo explicas? Carlos, espero que no te explote el corazón de tristeza y de frustración como exploto yo cuando veo que una parte de mí desearía poder responderle a este hombre con algo más que indiferencia y enajenidad. Porque no lo merece, Carlos, que me niegue a quererlo porque te quiero a ti, que me niegue a regalarle partes de mí que son tuyas, no lo merecemos ni él ni yo, este no poder querernos plenamente porque hay un vacío entre nosotros que lleva tu nombre, y no soy lo  suficientemente valiente para cruzarlo, y no quiero serlo. Es un triste día para el mundo, aquel en el que despiertas arrepintiéndote de amar tanto, deseando ser de piedra, aquél en que debes sentir culpa porque tu embarcación ha encontrado un puerto, y sin embargo debe partir de él. Calos, qué mundo es este en que vivimos en que tu y yo no podemos estar juntos, y me veo obligada a quererte a través de otro, sintiéndome sucia con cada beso, con cada caricia, Carlos, no puedo hacerlo, carajo, no puedo mentir así, me voy a romper en mil pedazos, no puedo. Siento que te estoy traicionando. Pero quererlo a él, Carlos, a expensas de dejar de quererte a ti, sería traicionarme, y con eso no podría vivir. 

Tuesday, August 7, 2012


Carlos,
Acaban de ofrecerme la oportunidad de partir, una vez más, como tantas otras. Y he pasado estos últimos días debatiéndome entre hacerlo o no, porque a diferencia de esas otras veces, hoy me es difícil ser honesta conmigo misma acerca de mis razones para hacer o dejar de hacerlo. Siempre he partido en egoísmo, Carlos, eso lo sabes bien, y esta vez no sería diferente. Siempre he partido huyendo, pero nunca había sido de ti. Y ahora que estoy de vuelta en este lugar al que no pertenezco, la presencia de tu fantasma, de la posibilidad de ti disfrazada de ausencia, me está robando la cordura, el sueño, el habla, las fuerzas. Te me has colado debajo de la piel, y por más que intento escupir mi corazón no logro sacarte, aunque me arranque a pedazos cada centímetro de este lienzo que me cubre en el que ya estás, también tú, tatuado. Quizás siempre lo estuviste, Carlos, desde ese primer momento que ya se anunciaba como la crónica de la muerte del libro de García Márquez. Y es que no era inevitable, pero en esos momentos no había modo de predecir que estaba cavando mi propia tumba, la nuestra. Han pasado casi ocho años, y no te me has desprendido ni un momento desde entonces. Y me ha tomado tiempo llegar a este entendimiento, esta certidumbre que llevan cargando tantos a nuestro alrededor, guardando el testigo de nuestra ceguera, como El Pájaro Espino y ese secreto a voces que terminó por carcomerle el alma a una familia entera, porque no hemos sido lo suficientemente adultos para morirnos solos. Y es por eso que me quiero ir, porque aquí cada lugar es un recordatorio, cada persona que me  habla de ti sin hacerlo, estos eternos eufemismos escondidos en las bancas y en las calles y en los objetos que ocultan memorias vividas y por vivir. Volver a México es entrar en un panteón de nosotros y lo que no hemos sido, Carlos, protegiéndome contra la expectativa de ser apuñalada por tu sombra a cada instante. Y como Anais Nin, paso los días besando sombras de desconocidos que me dan la espalda, y mis besos se quedan anclados en ese gris efímero e indiferente, mis besos nunca tocan el suelo, nunca se materializan. Si estoy lejos puedo pretender que nada de esto existe, puedo caminar segura, sin miedo a emboscadas, como si hubieses muerto. Si parto mueres por un momento, y yo puedo comenzar a vivir de nuevo. Yo no tengo tus fuerzas, Carlos, soy mala pretendiendo, soy impaciente y caprichosa, no he aprendido a copiar tu disciplina por pereza y por orgullo, porque no necesito quemar mis naves, porque mi corazón no es tan fuerte ni tan grande como el tuyo. Yo tengo poco corazón, Carlos, pero el que tengo es frágil y es de una pieza, y no lo puedo someter a esos juegos que escribes tú con Ximena. A mí me faltan incertidumbres, me faltan ganas de equivocarme, de probar mis errores, mi humanidad. Tú y tu necedad por no discriminar, por ser flexible, esa maldita valentía tuya de intentarlo aunque sepas que vas a fallar. Yo soy Maquiavélica, no creo en esos cuentos de procesos que valen la pena. A mí me gustan los puertos de arribo y dice Jorge Amado que lleva mi embarcación pintado uno en el costado. A mí me gustan las anclas, me gusta ver que se hundan en la arena hasta asfixiarse, y no me atrevo a volver a levarlas, Carlos, soy demasiado débil e idealista. Y estar en México es un navegar a la deriva, a dos metros del muelle, sin poder bajar jamás a tierra, y entonces prefiero el mar abierto, no llegar nunca, vagar hasta que sea el momento, siempre a una distancia segura de la costa. Carlos, yo no quiero costas extranjeras, y me tomó tiempo, tanto tiempo y dolor entenderlo. Y ahora hay dentro de mí una paz cansada pero lúcida, dispuesta a cargar esto en silencio como lo hizo Roark, con un dejo de alivio, cuando se tiraba en el césped a mirar el cielo y Wayne no podía entender de dónde salía esa tranquilidad, imagínalo, Carlos, recuérdalo. Y Dominique entendía, es claro, pero tú, ¿lo entiendes? Y es por eso que debo partir, porque sólo en tu ausencia puedo vivir tranquila.

Saturday, July 21, 2012


Hoy pasé por tu casa. Paso casi todas las semanas, Carlos, por tu casa. Desde que regresé, me da miedo ir a visitar a mi madre por esos cuatro segundos en los que adivino tus paredes blancas detrás de la esquina, e intento no mirar a mi alrededor y me traiciono, y el camino entero de mi casa a la de mi madre se convierte en una espera dolorosa de ver la estatua de ese jinete anunciar desde la distancia el lugar en el que mi día se queda anclado, esperando verte, esperando no verte, esperando que me veas por planeado accidente. Y planeando me debato entre elegir caminos que se cruzan con tu viajar por esta ciudad en la que te escondes o evitarlos, y casi nunca los evito, Carlos, porque me da un terror paralizante encontrarte pero me encanta correr hacia el miedo, tú ya lo sabes. Y entonces mis días se convierte en un mental y silencioso repasar de tus horarios y rutas, adivinándote, sabiendo que seguimos andares paralelos, con un hormigueo en la punta de los dedos al pensar que una vuelta en falso, unos instantes de más o de menos pueden significar perderte. Y es un juego contra mí misma, está claro; tú y yo nos encontramos cuando no te busco, cuando no me planto en medio de tu camino esperando que pases y rompiendo así el ciclo de la causalidad.
México me enferma porque tu sombra se esconde debajo de mi cama y no me deja dormir, se cuela entre mis dedos y no me deja escribir, se abraza de mis pasos y no me deja andar, Carlos. México me rompe porque cada esquina es una posible emboscada, como cuenta Elisewin en esas páginas de mar de Baricco, un motín que nunca llega, una guerra fría entre resistencias. Y yo resisto sólo porque tú lo haces, porque admiro ese estoicismo con el que te levantas cada mañana al lado de una mujer que amas a medias, y le haces el amor pensando en mí, y me hablas a través de ella, y te preguntas, y guardas silencio, y todas esas cosas que yo no sé hacer, porque sólo tú sabes llevar las cosas hasta su última consecuencia y reconocer el momento en que ésta llega. Yo resisto por esa capacidad tuya de comprometerte, aunque sea con una verdad que no es la mía, porque es una verdad que entiendo, y entiendo tu necesidad de vivirla hasta que se convierta en una mentira, porque sólo entonces estarás listo, ¿verdad Carlos? Sólo cuando termines de quemar la mecha de tus culpas y calmes finalmente esa sed de masoquismo y como Dominique finalmente entiendas que no te puedes odiar a ti mismo porque es imposible odiar a alguien como tú, porque estás hecho de un solo material pero aun no lo ves, y este intento tuyo por mancharte hasta sentir vergüenza de ti mismo está destinado a fallar porque lo haces conscientemente, Carlos. La gente a la que te intentas parecer actúa en inercia, no saben el final de la historia, ignoran y no pretenden ignorar. Ignoran su ignorancia, Carlos, y tú no puedes escapar esa certidumbre que está sentada mirándote desde las páginas de un libro de Murakami. Tú sabes muy bien lo que estás haciendo, y por eso no puedes evitar fallar, porque has dejado de ser ciego, porque eres un ser de carne y hueso a la deriva en un mar de fantasmas y muertos en vida. Estás destinado a fallar porque estás vivo y no puedes luchar contra esa honestidad tuya que te rompe los huesos.
Estoy tan cansada de tu paciencia. Y a pesar de eso, te respeto profundamente por ella. Porque yo tengo permiso de odiar, y odio con cada fibra de mi cuerpo esta espera, pero no podría perdonarte que fuese de otro modo, que no terminaras lo que comenzaste, porque te quiero limpio, entero, decidido, quiero que agotes hasta el último recurso, que hagas todo intento por entregarte plenamente a Ximena, por hacerle el amor con cada trozo de tu alma, quiero que la ames hasta el cansancio, hasta que llegues al final de la línea, hasta que te sangren las manos de tanto acariciarla. Porque sólo entonces podrás mirar en tu interior y encontrarme a mí. Hasta ese día, cuando te destroce el peso del vacío que encontrarás al otro lado del espejo, no te quiero, Carlos, ni un trozo de ti. Porque te quiero entero y hasta el final, quiero que quemes tu amor por Ximena hasta las últimas consecuencias.

Thursday, July 12, 2012


Te tengo que pedir perdón por ese libro que te di, que es una bomba de tiempo, y tú y yo lo sabemos, y es injusto y sucio jugar así. Es una bomba de tiempo para los dos, porque te mirará desde tus estantes atiborrados de volúmenes y te susurrará en las noches, y tú y tu voluntad de hierro y esa nobleza tuya que me hace enloquecer se van a resistir quién sabe cuánto tiempo más. Vas a entrar a tu cuarto y lo pasarás de largo, porque nadie más en el mundo podría hacerlo, Carlos, tener un libro que te está esperando con un mensaje que mueres por escuchar, y no tocarlo, y no abrirlo, y no acercarte a él, y es que estoy segura de que vas a esperar hasta estar listo, carajo, y eso sólo tú lo sabes, cuándo te vas a cansar de este juego de no estar y finalmente vas a enfrentar tu pasado. Y una vez más, como Dominique y Roark, me toca sólo esperar, y es por eso que el libro es una jugada sucia, porque es un gesto de incertidumbre, ¿lo ves? Roark jamás dudó, estuvo siempre seguro de que Dominique regresaría, y por lo mismo no tuvo necesidad de ir a colgarle al cuello un ancla, una carta sin destinatario, con el remitente escrito en letras rojas, que tarde o temprano tiene que regresar. Me disculpo porque tú y yo nos entendemos, pero siempre he sido yo la impaciente de los dos. Entendemos que vernos es un peligro y un regalo, independientemente de qué y cómo hablemos, de lo que digamos, porque las palabras son lo de menos, lo importante es su presencia, la nuestra. Y esa certidumbre que flota en medio de nosotros, esa obviedad de la que hablamos sin hablar de ella. Es como los eufemismos de Sabines, aunque espero curarme de ti nunca ha sido para ti. Yo espero no curarme de ti nunca, y quererte más de una semana. Pero es cierto que sabes cómo te digo que te quiero, cómo nos decimos que nos extrañamos y nos necesitamos y nos pensamos y nos respiramos y nos dolemos y nos esperamos. Así, caminando sin rumbo fijo por la Condesa, dejando nuestro trabajo atrás, cuando desaparece la tensión y el estrés de tener que llegar, porque de pronto nada de eso importa ni existe, ninguna responsabilidad ni objeción externa ni compromiso, sólo poder andar una cuadra más, y es que siempre te he querido más cuando no estás, cuando no me miras con esos ojos que dicen que se te va la vida por mí. Cómo me duele que me quieras tanto, Carlos, y cuánto quiero que me quieras más. Y eso no hay necesidad de ponerlo en palabras, y por eso me disculpo por el libro. Porque sé que en ti no hace ninguna diferencia y que entiendes mi falta de cordura y que necesito ese tipo de gestos para sentirme segura, pero que tú te mueves en otro tiempo, que para ti son claras ciertas cosas que a mí me tienen que explicar. Y jamás pensé que en esto me sentiría tan frágil e incapaz como La Maga, porque he sido yo siempre el Oliveira de las relaciones, dando las cosas por sentado, menospreciando a mis magos, resoplando por tener que llevarles siempre de la mano. Así fui siempre incluso contigo, Carlos. Pero ahora necesito que me tengas paciencia tú a mí, porque yo te puedo hablar mucho de todo menos de mí, porque mi entendimiento del mundo ha sido siempre externo y tú tienes esa maldita intuición que a mí me falta, de entender lo que no se dice, y yo jamás te he dicho que soy de papel celofán y tú lo entiendes, y entonces necesito que me perdones esa bomba de tiempo escrita por Murakami, que me lo perdones no por ti sino por mí, y tal vez un poco por orgullo pero sobre todo porque quería mantener la poesía de esta espera y no puedo.